¿Qué pasó el 11-M?
Menos de dos años después del asalto de Perejil se produjo el oscuro atentado del 11-M, que, lejos de parecer un atentado de Al-Qaeda (¿diez bombas casi sincronizadas, explosionadas en vísperas electorales, y sin terroristas suicidas?), presentó elementos típicos de una acción subversiva con una clara intencionalidad política. Como es más que obvio, el objetivo inmediato del atentado era provocar un vuelco electoral (o, más bien, un cambio de régimen) y la llegada al poder del siniestro Zapatero, que había prometido retirar las tropas españolas de la impopular ―e injusta― guerra de Irak. Eso nos conduce a su verosímil objetivo estratégico: la destrucción de la naciente alianza entre España y EEUU, que había relegado a Francia a un segundo plano por primera vez desde la II Guerra Mundial y había hecho peligrar las privilegiadas relaciones de Marruecos con EEUU. La retirada de las tropas españolas, realizada por Zapatero adrede de forma innecesariamente brusca e insultante para los norteamericanos, logró dicho objetivo. Como consecuencia del 11-M, cuya verdadera naturaleza no supo entender el pueblo español (que cayó en la trampa de los autores intelectuales del atentado), España jamás recuperaría el mismo protagonismo internacional. El atentado fue un éxito.
Antes de descartar lo anterior como una especulación febril, conviene leer la escena que relata Jaime Mayor Oreja en su libro Una verdad incómoda. En un almuerzo en 2005 con el exministro de Interior marroquí Driss Basri, con el que mantenía una relación periódica, este le dijo: «Supongo que no tendrás dudas de que el atentado del 11-M fue obra de un servicio secreto. La lógica es que fueran los nuestros, pero como los he reclutado, formado y escogido yo, quiero decirte que son incapaces de organizar un atentado tan complejo y difícil como el que habéis padecido. Mirad hacia los servicios secretos de otro país vecino»[7]. Basri había sido el hombre fuerte de Hassán II y ministro de interior durante 20 años, pero tras la llegada de Mohamed VI había sido cesado y vivía autoexiliado en París.
Al leer esto lo primero que me vino a la cabeza fue: «Excusatio non petita, accusatio manifesta». Luego me pregunté: ¿cómo van los servicios secretos franceses a participar en el asesinato de 200 inocentes? Pero me vino a la cabeza otra pregunta: ¿no cobijó Francia a los terroristas de ETA durante dos décadas mientras estos asesinaban a 500 españoles?
La autoría intelectual del 11-M sigue siendo un misterio, en parte por lo bien que sus profesionales autores limpiaron sus huellas y en parte por la falta de voluntad por conocer la verdad. Que nuestro país haya pasado de puntillas ante el grave testimonio del exministro marroquí demuestra nuestro miedo a asomarnos a ese abismo. Los autores del atentado contaban con ello.
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