viernes, 13 de marzo de 2026

Europa es hoy un continente debilitado y sitiado por su propia arquitectura regulatoria, económica y demográfica. Un continente de sociedades envejecidas incapaces de procrear y sostenerse, desbordadas por tensiones migratorias, profundamente endeudadas y sin ejércitos que inspiren respeto. Un territorio que depende de terceros para su energía, para su seguridad y para el funcionamiento de sus cadenas productivas. Un espacio políticamente fragmentado, socialmente nervioso, con una ciudadanía angustiada por el presente y aterrada por el futuro, y extraordinariamente permeable a la influencia exterior.Los occidentales creemos haber aprendido de Afganistán que intervenir no sirve de nada. Que 20 años de guerra solo sirvieron para devolver el poder a los talibanes poniendo pies en polvorosa. Esa conclusión se repite hoy con cínica frivolidad, como si la historia de 20 años de intervención se redujera al cierre contable de la retirada. Una conclusión con la que se impone una elipsis engañosa.

Durante las dos décadas de presencia internacional en Afganistán, la sociedad afgana experimentó una transformación enorme. Millones de niñas accedieron por primera vez a la educación, casi diez millones de niños estaban escolarizados poco antes de la retirada y el 40% eran mujeres. La esperanza de vida aumentó, la mortalidad materna se había desplomado y surgió una generación de profesionales, en medicina, ingeniería, periodismo y derecho, que jamás habría existido bajo el primer régimen talibán. Se instauraron instituciones políticas donde las mujeres estaban presentes y floreció una sociedad con medios independientes y organizaciones civiles. 

La intervención en Afganistán cambió la vida de millones de personas. Que todo ese esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas pudiera deshacerse tras la retirada no demuestra su inutilidadsino algo mucho más molesto para un Occidente acobardado: que la libertad no se conquista de una vez y para siempre. Es una tarea que exige vigilancia constante, sacrificio y voluntad.

Por eso, en última instancia, importa poco si Donald Trump es un inepto o un visionario, un oportunista o un estadista. O si la guerra es por el petróleo, como si nuestra vida no dependiera, literalmente, del oro negro. Incluso en términos estrictamente geopolíticos, ganar o perder en Irán no sería necesariamente decisivo. Lo verdaderamente decisivo es otra cosa. Que el orden occidental está roto. Lo estamos viendo con nuestros propios ojos. Y muchos lo celebran, aunque prefieran disimular su entusiasmo con cínicas apelaciones al Derecho Internacional, que en la práctica casi nadie respeta —las dictaduras, las primeras—, y el engañoso «no a la guerra».

https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2026-03-13/iran-quiebra-orden-occidental-articulo-benegas/

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