Palabras.-La mala gente en la política, consiente injusticias, no por ignorancia, sino por diseño, borran de su mente la enseñanza del maestro Cicerón: “la justicia es la reina de las virtudes”. La mala persona en política no yerra, siempre planifica, su trayectoria no está hecha de errores, sino de elecciones calculadas. Domina el arte de fingir servicio público mientras siembra servidumbre, envolviendo el abuso en discursos de progreso, igualdad o seguridad.
La mala persona en política, no busca el poder para ayudar al ciudadano, sino para blindarse. No ama la verdad, la instrumentaliza, ofreciendo teatralidad, farsa, en lugar de templanza, siempre la mala gente tiene un empeño esencial, en lugar de imponer ética, esgrime, ideología. Son cínicos por método, cada palabra está diseñada no para significar, sino para seducir a una tribu sin criterio. La corrupción, su corrupción, no es un desliz, es un hábito sofisticado.
Y así, el político, mala persona, no solo pervierte las instituciones, deforma el carácter público. Desenmascararlo no basta si no se enfrenta también la complacencia social que lo permite. Porque el cinismo no se impone por la fuerza, se instala con nuestro consentimiento pasivo, hasta que la mentira se convierte en costumbre, y la costumbre en destino, en este caso en destino, desgraciadamente de ESPAÑA.
"El pensamiento condiciona la acción, la acción determina el comportamiento, el comportamiento repetido crea hábitos, el hábito estructura el carácter y el carácter marca el destino."
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